Orgullo y dignidad PDF Imprimir E-mail
Viernes, 09 de Julio de 2010 14:37

 

Por Regina Otaola, Alcaldesa de Lizarza (Guipúzcoa)

El fin de semana pasado participé en un curso de verano en Huéscar organizado por la Asociación Cultural Raigadas en el que se disertó sobre la necesidad de la regeneración ética en la política, en la economía y en la sociedad. Un curso muy interesante donde se debatió sobre la falta de protagonismo que se da hoy en día a la ética, la coherencia, la verdad, la libertad y la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros por defender la dignidad de la persona allí donde se esté.

Si llegué a Huéscar con el convencimiento cierto de que lo mejor en esta vida es decir la verdad en defensa de la dignidad, resulta fácil imaginar cómo salí de allí. Así que vamos a poner en práctica la verdad, sin la cual no puede existir auténtico respeto hacia los demás.

Es necesario, en primer lugar, decir a todos los que celebraron el día del Orgullo Gay que los demás, los que no somos gays, también nos sentimos orgullosos de lo que somos. De forma que me siento orgullosa de ser heterosexual, de considerar a la familia como bastión de la sociedad, de defender la vida, el esfuerzo y la responsabilidad individual, de ser cristiana y no ocultarlo, de servir a España y abogar por la unidad nacional. Como yo hay millones de españoles que se sienten orgullosos de su condición o identidad y tenemos el mismo derecho a decirlo alto y claro, sin que por ello nos merezcamos una multa o cualquier otro castigo o descalificativo por parte de los que no toleran más que su propio credo. Por mí pueden seguir celebrando ese día pero no estaría mal que pensaran en hacerlo de forma un poco menos horterita y desde luego con un poco más de respeto hacia los vecinos del barrio.

Para la mayoría de los participantes se trata sólo de una fiesta, jolgorio, carnaval. Pero tanto quieren llamar la atención algunos sobre su “orgullo” que muchas veces pienso que en verdad son los primeros que no se sienten orgullosos de sí mismos. Es su problema, pero por favor: no nos lo trasladen a los demás. Tengo amigos homosexuales y no necesitan ponerlo de manifiesto continuamente, ni disfrazarse el 28 de junio, ni recabar mi aprobación de cuando en cuando; viven con naturalidad su condición y puedo asegurar que no es el aspecto fundamental de nuestra amistad. Porque, como dejó escrito Jean François Revel en sus Memorias, “hay que tener un campo de visión estrecho como un pasillo y una insensibilidad daltónica a los colores de la vida para condenarse a la triste ración de considerar la sexualidad como única fuente, como tema y vector exclusivo de las ricas e innumerables pasiones humanas”.
 
 Mientras tanto, el Gobierno se  aprovecha de ese carnaval  para imponernos el canon del “pensamiento progresista” (el no-pensamiento) y multa cuando no censura o margina a los medios de comunicación y asociaciones que ponen en valor el esfuerzo y la excelencia, la familia, el Estado de Derecho y la unidad de España. No es de extrañar, en un Gobierno radical,  proabortista,  y destructor de empleo, aliado o encubridor de los peores regímenes del Planeta. Pero, encima, que no esperen que estemos orgullosos de su política. Nuestra dignidad nos lo impide.